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Sergio Casas desconfía hasta de su propia sombra. Habla poco y con pocos, y cerró la semana agobiado por la sucesión de viajes a Buenos Aires para buscar recursos y por las internas del peronismo, que piensa en su sillón.

Lo harta el cinismo y la alta traición que se respira en la Casa de Gobierno, en la Legislatura, en la Justicia, en el Tribunal de Cuentas y en cada paso que intenta dar. Está en el límite de su simpleza, ya que la relación con Mauricio Macri es solo fotografías porque las respuestas concretas no llegan.

El jueves su vicegobernador Néstor Bosetti viajó desde Buenos Aires, vía Córdoba, para transformarse en un director técnico, con el fin que Oscar Chamía y sus legisladores tomaran el control de todas las comisiones, más allá de estar o no en línea con el reglamento interno.

Al mejor estilo de un clásico, el bosettismo avanzó en la destrucción de la vida parlamentaria, tras que Alejandra Oviedo con la oposición se alineó para vaciar la sesión, previo acuerdo en una lista mix de legisladores por la conformación de las comisiones.

De esa forma, el supuesto socio de Casas privilegió la interna -que es por la sucesión- por encima de los intereses de la provincia, pese que hoy los recursos solo alcanzan para cubrir la grilla salarial.

El gobernador está en su peor momento en la administración de la provincia, ya que el peronismo no entendió que Macri no es ni Néstor ni Cristina. El ingeniero no tendría problemas en cortar los recursos para forzar la salida de todo el gobierno.

Mientras que los lobbys por cuestiones secundarias priman, como el caso de Gustavo Minuzzi, Casas pasa de hablar con un subsecretario para sacarse luego una foto en el Congreso y previo reunirse con las senadoras riojanas, que se muestran independientes en Buenos Aires, aunque su vida ha sido el Estado.

La sombra de Luis Beder Herrera también deriva en cierto cansancio, ya que el ex gobernador es rechazado por casi todo el arco macrista.

Casas está casado, aunque solo él es el responsable de lo que sucede: es el gobernador, el dueño de la lapicera.

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