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Mascasín: una escuelita rural que subsiste por el amor de tres docentes

Un colegio en un pequeño pueblo riojano sumó horas de clase para sus 16 alumnos luego de una refacción. Cómo y por qué una estufa y una garrafa para cocinar pueden cambiarlo todo.

Hace unas semanas, Leonel fue a buscar leña. Con apenas siete años, junto a su maestra Natalia y otros chicos llevaron adelante el ritual de todos los viernes: pedir una carretilla prestada para llenarla del combustible que usa la salamandra. La aventura hacía que se sumaran otros chicos de Mascasín, un pueblo de 320 habitantes en el sur de La Rioja. Pero a partir de ahora, esas horas perdidas para las docentes se transformarán en más tiempo dentro de las aulas: una remodelación hecha por Ford incluyó una estufa y una cocina a gas en la escuela 138, y lo que en cualquier ciudad es una facilidad de mínima, en un colegio rural puede significar todo: “Esto nos va a permitir tener más tiempo para planificar”, anticipa entusiasmada la directora de la escuelita.

“Aquí funciona el comedor escolar y la copa de leche. Uno de los grandes problemas que teníamos era la falta de una instalación de gas, porque entre que das la leche, cocinás y calentás el ambiente, se te va mucho tiempo. Teníamos que salir a buscar leña entre todos, y nuestro objetivo principal es enseñar: es crucial tener tiempo para dar clases”, explica Patricia Ochoa, directora de la escuela desde hace 8 años. Hasta ahora, utilizaban una salamandra para calentar el ambiente y una estufa a leña para cocinar, lo cual, además de insumir un esfuerzo muy grande, consumía parte del tiempo disponible para las horas de clase para los alumnos.

Sobre la ruta nacional 141 se encuentra la Escuela 138 en Mascasín, Provincia de La Rioja. Asisten 16 alumnos 

El establecimiento es pequeño pero acogedor: tiene apenas tres aulas, una pequeña biblioteca empotrada en una pared de ladrillos barnizada, un salón de usos múltiples, una cocina con comedor para los chicos y un sector de baños. La superficie total cubierta no suma mucho más de 200 metros. La mayor parte del terreno se encuentra al aire libre: una cancha de fútbol, un sector de juegos y el infaltable patio con el mástil y la bandera argentina le dan a los chicos espacio para liberar energías.

Los alumnos están mezclados: toda la escuela tiene una matrícula de 16 chicos, que van desde los 3 años hasta los 17. Leonel, el pequeño que se sumaba a las expediciones de leña, dice disfrutar de las clases de matemáticas, aunque las hamacas, el tobogán y la canchita de fútbol le gustan mucho más. “La otra vez hice cuatro goles”, cuenta entusiasmado mientras se balancea en los juegos nuevos de la escuela. Como gran parte de los chicos de la 138, él es hijo de un trabajador de las salinas, un oficio sacrificado que es la principal fuente de trabajo de la región.

La cancha de fútbol se encuentra detrás de la escuelita 138 de Mascasin / Juan Brodersen

La canchita de fútbol, ubicada detrás de la escuela: uno de los lugares preferidos de los chicos

Las docentes y la directora coinciden en que ese es el principal problema que se les presenta: la diversidad de edades en un mismo curso, o el “plurigrado”. “Es una tarea muy difícil por la organización. Tenés que seleccionar las actividades para cada chico. Muchas veces los temas son los mismos, pero tenés que ir segmentando los niveles de exigencia y complejizar las actividades”, explica Natalia León, maestra que tiene a cargo el nivel inicial (de 6 a 8 años). “En la docencia rural, la planificación es más importante que en cualquier otro establecimiento. La división de tareas depende de la planificación”, agrega Ochoa. “Pachi”, para los vecinos.

Por el plurigrado, en la biblioteca hay libros para todas las edades (Escuela 138 de Mascasín) / Juan Brodersen

Por el “plurigrado”, en una de las aulas hay libros para todas las edades

La escuela fue originalmente fundada por Ford Argentina en diciembre de 1980 en el marco de “Educación para un nuevo mañana”, un programa educativo que tiene la empresa en zonas rurales y de frontera. En total construyeron 41 colegios entre 1968 y 1982, que ahora están remodelando. El martes pasado fue el turno de Mascasín, y la escuela quedó como nueva: instalación de agua potable, agua caliente por un tanque solar, baños a nuevo, remodelación de la cocina, revestimientos, pintura y, claro, los juegos.

La reinauguración fue una fiesta: carnavalito cantado por el maestro de música y bailado por los chicos, un almuerzo con empanadas, picada y coca para docentes, chicos y padres. No faltaron las enormes aceitunas cuyanas. Estuvo el ministro de Educación riojano, Juan José Luna, y el intendente de Chepes, Cristian Pérez, que recibieron a las autoridades de la automotriz y a abanderados de otros colegios que se acercaron al tradicional corte de cinta.

Los motivos para celebrar no eran pocos: los maestros expresaron un gran amor por la escuelita, y la refacción emocionó a algunos hasta las lágrimas. Los chicos dibujaron sus manos en una de las tres aulas, corrieron por todos lados y jugaron en las hamacas y los juegos que, según confesó Leonel, ya habían sido estrenados por ellos días antes de la ceremonia.

Subeibaja, areneros, tobogán y andamios acompañan a las hamacas en el sector de juegos / Juan Brodersen

Subeibaja, areneros, tobogán, pasamanos y hamacas: el sector de juegos 

Ubicada a unos 38 kilómetros de la ciudad riojana de Chepes, más cerca de la Ciudad de San Juan que de La Rioja, Mascasín le debe su existencia a unas salinas en esta zona de Cuyo. No hay allí mucho más que un semidesierto con arenales y médanos, regados apenas por 300 milímetros de lluvia anuales. A casi 442 metros sobre el nivel del mar trabaja gran parte de sus pobladores, bajo un sol abrasador en verano -insoportable en los meses que sopla el Zonda- y temperaturas gélidas en invierno. La cría de cabras, el transporte y los pequeños comercios completan una reducida economía dependiente de los recursos salitres. Allí funciona esta escuela rural, sobre la ruta 141, con apenas tres maestras que extralimitan sus funciones a otros ámbitos de contención social.

La escuela es mucho más que un lugar de aprendizaje en Mascasín. “Los alumnos vienen todos los días con mucho entusiasmo. Es el único lugar de salida que tiene ellos acá en el pueblo, el ámbito social. Vienen con muchísimas ganas: cuando se llevan una actividad para hacer en sus casas la hacen con una enorme dedicación. Quieren aprender y lo que les enseñamos, lo enseñamos desde el corazón”, explicó Myriam Espeche, maestra del tercer ciclo (que comprenda las edades de entre 14 y 18 años).

El día de la inauguración: los chicos estuvieron presentes en el acto (Mascasín)

El día de la inauguración, los chicos estuvieron presentes en el acto

Las docentes en Mascasín además cocinan, limpian la escuela y hasta llevan a una nenita que vive a 8 kilómetros de la escuela y vive en un puesto. El recorrido diario es de 38 kilómetros desde Chepes, donde viven las maestras, hasta Mascasín. Arrancan el día a las 8 de la mañana y pocas veces saben a qué hora terminan.

“A veces, cuando se habla de escuelas rurales se las minimiza como si los contenidos que se enseñaran fueran fáciles: no, es difícil”, reflexionó la directora Ochoa, quien también enseña lengua, matemáticas, geografía y casi todas las asignaturas. Su sueño es el mismo que el de las otras maestras, Natalia y Myriam: que los chicos puedan tener una formación para dejar Mascasín y estudiar algún día una carrera universitaria.

Fuente: Clarín

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