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El Carlos de La Rioja que admiramos

La historia de uno de los dos curas de Chamical, desaparecido, torturado y asesinado hace 40 años. Carlos de Dios Murias, al igual que Gabriel Longueville, vivió del lado del pueblo, como pregonaba Angelelli.

Por Maxi Goldschmid para Revista Cítrica

Tenía dos años cuando lo raparon. Es recordada en su familia la anécdota porque hizo un gran escándalo en la peluquería exigiendo que le pusieran el pelo de nuevo. Más allá de esa reacción, Carlitos era un niño tranquilo, más bien reservado, de los que prefieren pasar inadvertidos. Eso sí, nunca soportó las imposiciones. Y mucho menos las injusticias. “No tenía agresividad, pero había cosas que lo indignaban. Y si algo lo indignaba, cargaba con eso”, dice Cristina, una de sus tres hermanas mayores, quienes se criaron con ese varoncito que llegó a sus vidas un 10 de octubre de 1945.

Carlitos, que luego sería el fray Carlos de Dios Murias, tenía 30 años cuando, junto al sacerdote Gabriel Longueville, fue secuestrado, torturado y asesinado. Eran los curas de la iglesia de Chamical. Sus cuerpos fueron abandonados junto a las vías. Esos crímenes con saña eran un mensaje: para la sociedad riojana y, en especial, para el obispo Enrique Angelelli, a quien matarían 17 días después “accidentalmente”.

Carlitos nació en Córdoba y pasó los primeros años de su vida en La Falda y Huerta Grande. Era callado, obstinado y divertido. Su padre, Carlos María, era agente de seguros y tenía un estudio inmobiliario, aunque su principal actividad era la política. Fue uno de los referentes del radicalismo en el departamento de Punilla y luego en San Carlos Minas. Tenía una fuerte personalidad, era autoritario, y cuando, luego de tres hijas, llegó el varón, lo quiso moldear a su imagen y semejanza. Le enseñaba a boxear y a recitar versos gauchescos, pero el niño no ponía mucho entusiasmo. Al contrario de su padre, Carlitos era muy introvertido. E intrépido. En la quinta de Huerta Grande, cuando su mamá lo llamaba para hacer los mandados, se escapaba y trepaba a lo más alto de los árboles. Era común verlo en la punta de un pino que se doblaba y parecía a punto de quebrarse. La familia también tenía un campo en San Carlos Minas, y allí Carlitos amaba andar a caballo y realizar tareas rurales. Hablaba poco pero era muy divertido. Le gustaba el folklore, tocar la guitarra y cantar a dúo con Cristina. Al igual que sus hermanas, lo habían mandado a piano, aunque eso de la teoría y el solfeo no era lo suyo. Le encantaba escuchar a Carlos Di Fulvio y a Jorge Cafrune. Era desafinado, y uno de sus temas preferidos era El Orejano, que empieza así:

Yo sé que en el pago me tienen idea
Porque a los que mandan no les cabresteo;
Porque dispreciando las güeyas ajenas
Sé abrirme camino pa’ dir ande quiero.

En eso sí le daba al gusto a su padre, que amaba esa canción y todo lo gauchesco.

Cuando Carlitos tenía siete años, su madre, que tenía problemas en los huesos -sufría de brucelosis- tuvo que irse por unos meses a Córdoba para hacer un tratamiento. En esa época se afianzó aún más el lazo con su hermana Cristina, su compinche, confidente y quien en ocasiones hacía las veces de mamá. Durante 36 años ella fue una incansable buscadora de justicia: una de las querellantes en el el juicio por los asesinatos de Carlos y de Longueville que, por fin en diciembre de 2012, tuvo sentencia: El ex general Luciano Benjamín Menéndez, el vicecomodoro Luis Fernando Estrella y el ex comisario Domingo Benito Vera fueron condenados a prisión perpetua, a cumplirla en una cárcel común.

SU FORMACIÓN

Carlitos hizo la secundaria en el Liceo Militar General Paz, en Córdoba. No era un buen alumno y se llevaba todas las materias a diciembre. Pese a eso Cristina recuerda que “era un época fantástica para la ciudad de Córdoba, porque es cuando se arma todo el movimiento obrero estudiantil. Había dos sindicatos metalúrgicos fortísimos, SITRAC y SITRAM. Estaba (Agustín) Tosco en Luz y Fuerza. Y uno de los capellanes del liceo, el cura Rojas, era asesor de uno de estos movimientos. Por ese entonces, la policía lo agarra al cura Rojas y lo tortura. Entonces, Carlitos, que tenía 12 años, lo iba a visitar al hogar sacerdotal que está al lado de la iglesia de Cristo Obrero, en la Cañada”. Ahí fue que conoció a Angelelli, que pese a su cargo prefería vivir ahí antes que en el obispado.

Paulatinamente se notaba la influencia de estos religiosos tan ligados al pueblo, comprometidos con los más pobres y necesitados, y que luego serían fieles a los designios del Concilio Vaticano ll. Pese a su corta edad, Carlitos manifestaba su preocupación por el egoísmo de la burguesía y no ocultaba su admiración por Angelelli, que fue el primer asesor de la Juventud Obrera Católica (JOC) y uno de los pocos que defendía al cura Rojas, a quien el arzobispo Raúl Primatesta -que luego sería cómplice de la dictadura- había marginado porque consideraba que la iglesia no tenía nada que hacer con los obreros.

Tras la secundaria, Carlos quiso estudiar veterinaria, pero como esa carrera no existía en Córdoba se metió en ingeniería civil. Luego abandonó y eligió ayudar en el campo a su padre, pero como se peleó con él volvió a la ciudad y comenzó a trabajar en el Registro de la Propiedad. En marzo del 66 entró al seminario. Estuvo dos años en Montevideo y otros dos en Moreno, en Buenos Aires. En vacaciones se iba a La Rioja a ver a Angelelli.

Si bien a Carlos de Dios Murias se lo relaciona con Montoneros, Cristina niega que haya pertenecido a Cristianos por la Liberación. “El me contaba -dice su hermana- que en la villa donde trabajaba, cuando llovía se llenaba de barro. Y entonces habían decidido hacer ladrillotes de cemento, para formar caminos transitables, y que eso lo hicieron en colaboración con Montoneros. ‘Ellos trabajan en la villa y nosotros también. Nos ayudábamos y nos respetábamos’, me decía”.

Por cosas como esas, en 1970, su superior en el convento, el cura italiano Jorge Morosinotto, le dijo: “Te doy un año sabático para que pienses muy bien si realmente querés ser cura o si te querés dedicar a la política”.

Entonces Carlos se fue con Angelelli para la Rioja y conoció Chamical y muchos otros pueblos. Entusiasmado por ese pastor que iba rancho por rancho y hablaba con todos. Les decía “todos somos iguales, todos somos hijos de dios, todos tenemos los mismos derechos”.

Volvió y le dijo a Morosinotto que no tenía dudas de su vocación. Y el 17 de diciembre de 1972, en Buenos Aires, lo ordenó Angelelli. Ya en el 74, se había mudado a La Rioja. Ante la escalada de violencia y las campañas de difamación contra la pastoral de Angelelli que venían profundizando los sectores de poder de la provincia, Carlos descartó de plano la idea de irse. No podía hacerlo. Es que, como dice su hermana Cristina, “era feliz siguiendo la pastoral profética del obispo Angelelli: vivir al lado del pueblo, como el pueblo y no desde un trono”.

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