Monseñor Fabriciano Sigampa, a punto de cumplir sus 80 años, nos recibe con su prédica y humor riojano en su casa de Fontana.

Por Diario Norte

Los únicos seres humanos que conocemos realmente son los que viven en nuestra época. Definir a monseñor Fabriciano Sigampa no es difícil: ya en el umbral de los 80 se siente un hombre comprometido con este tiempo, con este Chaco, con su geografía ardua y su realidad social surcada de conflictos. Y con su gente “cálida y franca y que tanto amor me ha dado”.

Justamente en esta tierra, envuelto en su calor, mañana cumple y celebra con júbilo sus 80 años: “Vivir y servir es el don más maravilloso que Dios nos dio a todos”, nos dice en el pequeño y acogedor chalet de Fontana donde vive, desde su jubilación, rodeado de verde y color, y en el que recibe a CHAQUEÑA con su habitual cordialidad y afecto.

“Como nacer, nací un 15 de agosto, pero como me anotaron el 15 de septiembre, hay tiempo suficiente, un mes, para quienes me quieran enviar regalos”, dice jocoso y pícaro, con ese sentido del humor que siempre llevó como “marca en el orillo”.

Breve biografía

Nació en Vichigasta, provincia de La Rioja, el 15 de septiembre de 1936; fue ordenado sacerdote el 12 de diciembre de 1970, hace 46 años y elegido obispo de Reconquista el 9 de marzo de 1985 y recibió la ordenación episcopal el 3 de mayo de ese año, tres décadas atrás.

Tomó posesión de esa sede el 19 de mayo también de 1985; trasladado como obispo de La Rioja el 30 de diciembre de 1992 fue promovido a arzobispo de Resistencia el 17 de noviembre de 2005, tomando posesión de la diócesis el 26 de febrero de 2006. Fue Benedicto XVI quien decidió su destino: “Cuando yo ya tenía 70 años, apenas con unos cinco de vida útil antes de jubilarme”, pero el santo padre consideró irrelevante ese dato.

“Tenía un gesto adusto, sin el carisma de Francisco o de Juan Pablo II, pero era y es, un hombre sabio, un intelectual y de una gran generosidad y bondad”. “Usted vaya tranquilo”, me dijo, y cuando le pregunté qué podía hacer ya a los 70 en el Chaco me respondió: “Buenos cristianos y buenos ciudadanos”.

“Es lo que hice o lo que intenté”, dice, hasta el 4 de mayo de 2013 cuando se jubiló en la actividad pastoral pero sigue siendo Obispo Emérito. Pese a tanto camino recorrido, se siente chaqueño, al igual que su antecesor, monseñor Carmelo Juan Giaquinta, por quien guarda una profunda gratitud por todo lo que compartió con él de su experiencia en esta provincia, “y de la que bebí y aprendí mucho.” Y como Giaquinta, aquí quiere terminar sus días y permanecer para siempre. Tal vez no enterrado bajo un cielo de lapachos, sino echadas sus cenizas a volar por esos caminos insondables de Dios.

La única oveja negra

“En Fontana vivo casi en un estado idílico, mi pequeño hogar es tibio como un nido, verde y colorido, en un lugar muy tranquilo de la ciudad donde me siento muy a gusto. Vivo solo, aunque a veces recibo a algunos sacerdotes o personas conocidas, pero la soledad no es mi enemiga, al contrario.

”La gente del pueblo lo visita a menudo, en ocasiones solo por “regalarme con su grata presencia -son muy generosos y me quieren, me cuidan- en otras en busca de consejos y hasta de confesión”.

“Me desvelan -agrega con un dejo hondo de tristeza- los padres que acuden a mi porque están desesperados por sus hijos que viven atrapados en las adicciones. Es un dolor tan grande el que traen que me traspasa el alma. Es lo peor que uno puede ver: chicos tan jóvenes y tan tempranamente seducidos por el canto de sirena de la droga y el alcohol. Adicciones que los destruyen moral, psíquica y físicamente”. En general, no necesita nadie que lo ayude en las tareas domésticas: “Mi madre nos decía siempre: si no saben cumplir sus propias obligaciones menos sabrán mandar a otros a cumplir las suyas”. Tiene varios hermanos y hermanas, cinco de ocho que fueron, pero ninguno religioso. “Yo soy la única oveja negra”, dice, y se ríe con picardía. Sigue el juego al fotógrafo que lo lleva y trae disparando flashes como misiles que perpetúan cada gesto y “pelea” con la periodista que no necesita casi hacer preguntas. Monseñor Sigampa habla con la palabra, con los ojos, con las manos, con su pausado andar y su mirada astuta, indagadora pero dulce y bonachona a la vez.

Sin sombras de duda

“Jamás he tenido una sombra de duda sobre mi vocación y mi misión de pastor, dice con la amplia sonrisa con que recibe a CHAQUEÑA. La misma que lo acompaña siempre, como un ademán innato, y que recuerda aquella perenne sonrisa de “Juan, el Bueno”. “He vivido con intenso gozo no sólo estos 31 años de obispo, sino toda mi vida sacerdotal, que me vio hasta como cura párroco de los pagos de Menem, Anillaco -dice con una mirada socarrona-, y cada misión que me fue asignada la viví en plenitud”.

Su vocación, sin embargo, “enigmática como todos los caminos del Señor”, fue un primer deseo a los 10 años, del que nadie, ni sus padres, supieron nada, y que en el tiempo de la adolescencia se volvió lejano, casi borroso. “Pero nunca lejos de la fe que cultivamos en mi hogar”.

“Me duele la Patria, este sufrimiento de hoy, este desconcierto e incertidumbre. La sociedad está en un momento crítico, de mucha confusión. Se habla tanto pero se dice cualquier cosa… Al pueblo hay que dirigirse sabiendo que la gente percibe más con el corazón. Es más importante y fecundo hablarle desde el corazón que desde el intelecto. Desde el corazón descubre si lo que se le dice es verdad, desde el corazón ausculta si es tratado con la dignidad que Dios le ha concedido como derecho inalienable.
“Una iglesia abierta a todos, como dice Francisco”

“Este año del Bicentenario estamos impulsando con fuerza en nosotros, los pastores, y en toda la dirigencia política y social, la necesidad de hacernos carne de la vocación que debe empujarnos: la de servir. Todo liderazgo debe ser de servicio.

“Que me llamen obispo a mí, o ministro, o gobernador, o señor presidente, señora intendente, sea lo que fuese, no es un trato de sumisión del otro hacia nosotros. Por el contrario, debemos asumir que nos están interpelando como a servidores.

“Somos eso, nada más y nada menos que servidores. Y aunque algunos puedan menospreciar la palabra, ella encierra una enorme responsabilidad, una delicada misión”, enfatiza, y recuerda a Francisco, Jorge Bergoglio para él, a quien conoció íntimamente y de quien da fe de su inclinación por los pobres y su trabajo silencioso en las villas.

“Dicen que era rígido, estructurado, hosco; en realidad era tímido, tenía mucho pudor y no le gustaba mucho el periodismo. Si hoy se le ve más distendido o sonriente, es simplemente por fidelidad a su misión de Pastor de la Iglesia universal”. “Hay que devolver la dignidad al pueblo, al ser humano, como dice hoy Francisco y como demuestra con cada uno de sus gestos, haciéndose uno con los más desamparados y humildes y buscando la reconciliación, la superación de los odios, las ambiciones y las vanidades”.
El bicentenario

Monseñor Sigampa señala que las metas que la Iglesia de Francisco, se trazó para este año del Bicentenario de la Patria, son un llamado imperativo a desandar un camino de trabajosa construcción. “Las tres primeras metas están vinculadas con la dignidad de la persona. No importa raza, color, credo… Toda persona tiene una dignidad inviolable, que debe ser respetada y hasta rescatada, le diría. Una dignidad permanentemente golpeada, no sólo por la carencia material, económica, sino por la pobreza espiritual, la pobreza moral”.

“Desde lo económico, afirmamos que para gozar de la dignidad que intrínsecamente le corresponde, toda persona debe tener una casa digna donde cobijarse, una mesa digna donde alimentar a la familia, una cama digna donde reposar la cabeza.

“No hablo de opulencia, hablo de dignidad. Y no es posible hablar de dignidad cuando se vive en un cuadrado minúsculo hecho con cuatro tacuaras rodeadas de plástico. No es posible hablar de dignidad si no podemos curar la tuberculosis o erradicar esa enorme contradicción del hambre y la falta de trabajo en un país que lo tiene todo. Eso es celebrar el Bicentenario; un proceso, un camino para ir colocando mojones que dignifiquen a cada prójimo”