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Defendiendo el territorio y pariendo luchas: 10 años del inicio de la lucha en Famatina

En La Rioja se produjo una de las resistencias a la minería a cielo abierto más importantes en América Latina: Cuatro empresas mineras fueron echadas por la comunidad. A diez años del inicio de la lucha en Famatina, compartimos reflexiones con Jeny y Miriam, asambleístas que nos hablan de lo que ha sido poner el cuerpo en esta década.

Por La Tinta

El viaje

La distancia recorrida fue de 203 kilómetros, camino a saludar y escuchar al teólogo Leonardo Boff, quien recibió el Honoris Causae en la Universidad de La Rioja (UNLAR). Dos horas y media de charla entre mujeres, pasando por dolores, anécdotas, risas, mates y reflexiones. Desde Chilecito a La Rioja Capital, se nos hicieron piel y pensamiento 10 años de lucha.

El momento social y político que estamos atravesando nos marca la cancha: los despojos que están sucediendo a lo largo de nuestra América, la muerte de mujeres como Berta Cáceres luchando por el agua; las mujeres de Barrio Ituzaingó luchando contra las fumigaciones; las Madres Jachalleras Autoconvocadas gritándole a Barrick Gold que se vaya; las Madres del Silencio de Andalgalá denunciando las consecuencias de La Alumbrera en Catamarca; las mujeres de Famatina.

Compartimos algunas reflexiones de este viaje por las tierras riojanas con Jeny y Miriam, asambleístas que desde el comienzo de la lucha en Famatina contra la minería a cielo abierto, se pararon como mujeres resistiendo al despojo y haciendo comunidad. Mujeres tejedoras de asambleas. Mujeres con gran fortaleza. Mujeres que luchando, nos dicen que “no hay lucha contra el imperio y contra el capital si no hay lucha contra el patriarcado”.

Ponerle nombre: feminismo comunitarioAcontecimiento3

Nos miramos desde América Latina, desde nuestras raíces para poder ponernos en contacto con nuestras abuelas y ancestras luchadoras. Hoy, es el feminismo comunitario el nombre que nos permite englobar un montón de ideas y prácticas de nosotras, feministas latinoamericanas, pero que viene de mucho tiempo atrás. Como diría Jeny: “Tenemos una herencia muy fuerte de toda esa resistencia y ese trabajo. A partir de ir buceando, hay muchas cosas que todavía siguen negadas”.

La historia de La Rioja, como en la historia oficial enseñada en manuales escolares, fue y sigue siendo contada por hombres, donde estos son los protagonistas. Jeny nos dice al respecto: “En esta tarea descolonizadora de empezar a buscar nuestras raíces empecé a descubrir la historia de mis propias abuelas”. Nos cuenta que una de ellas era de origen diaguita, pero que le mutilaron sus costumbres, su historia, su apellido. Su otra abuela, hija de inmigrantes, sabia, curandera, partera. Historias familiares llenas de silencios impregnados de vergüenza de “pertenecer a La Rioja y de reconocer tus orígenes” nos plantea Miriam.

Estas búsquedas y gestos descolonizadores, permitieron descubrir historias de otras mujeres de Chilecito, de Famatina, de La Rioja y acercarse a la de doña “Vito”, Victoria Romero, mujer invisibilizadas en la historia riojana y que fue luchadora incansable junto a su compañero Chacho Peñaloza. Doña Vito “llevaba una gran cicatriz en su mejilla de un lanzazo que le dieron en una batalla en Salta”. Todo el mundo hablaba del Chacho, de Facundo, de Felipe Varela, pero de las mujeres nadie. Mujeres que “además de luchar por lo que era nuestro tenían mucha claridad de seguir manteniendo nuestra identidad, nuestras riquezas, nuestros bienes comunes, la autonomía, porque ambas lucharon por la autonomía de nuestras comunidades, nuestros pueblos, también luchaban por amor”, nos relata Jeny.

La lucha que te parió

Las mujeres somos la Pacha, afirma Jeny. Y la Pachamama, es parte de nosotras: “Entonces proteger los bienes comunes no es nada más que proteger nuestra propia vida y la vida de nuestras crías”. En el alumbramiento, continúa diciendo ella, “estamos honrando a esa vida y en eso somos igual a la Pacha”. Capaces de crear y proteger la vida, poner el cuerpo se convierte así en una cuestión visceral, y al mismo tiempo, un ejercicio permanente y cotidiano para las mujeres.

Parir es sinónimo de poner el cuerpo. En la ruta, en cada corte, en cada manifestación donde existe la posibilidad de ser reprimida por la policía, encarcelada, insultada, se pone el cuerpo. Y allí, lo que se siente, en palabras de Jeny, es que “estamos pariendo otrxs hijxs. Cada vez que estamos luchando, cada vez que nos enfrentamos a alguien y sentimos ese vértigo y esas cosas, sentimos que estamos pariendo, todo el tiempo”.

De asambleas y micromachismos

“La búsqueda de autonomía de nuestros cuerpos desde el feminismo y la búsqueda de autonomía de nuestros territorios en la lucha contra el capitalismo van de la mano”

Todas acordamos en que, en los espacios organizativos, no hay que esperar que nos den la palabra, sino tomarla. Pero sabemos también que eso no basta para acabar con los micromachismos, que se manifiestan no sólo en nuestros compañeros varones, sino también entre nosotras mismas. Suelen predominar en nuestras asambleas, códigos que son construidos desde una lógica masculina que hace que muchas veces no participemos ante la inseguridad de no decir las cosas como “tendrían” que ser dichas para que se entiendan. Esta lógica que prima en organizaciones de todo tipo y de todos los colores, se manifiesta en las formas de hablar, de argumentar, de relacionarnos, de tomar decisiones colectivas, de construir nuestros proyectos.

Miriam plantea que muchas veces, la mayor conflictividad dentro de las organizaciones, asambleas, es entre mujeres. Y cuando reflexionamos acerca de porqué sucede eso, nos dice sabiamente “nos han enseñado que nosotras somos nuestras propias enemigas. El día que nosotras podamos entender que todas juntas podemos ser una sola, avanzaremos contra todo lo que nos hace daño”.

Autonomías corporales y comunitarias

La búsqueda de autonomía de nuestros cuerpos desde el feminismo y la búsqueda de autonomía de nuestros territorios en la lucha contra el capitalismo van de la mano. Durante los 10 años en defensa del Famatina, otra lucha emergió y hoy sigue presente: el poder decidir libremente sobre sus cuerpos. Durante las asambleas, las mujeres que las habitaban cotidianamente dijeron basta a determinadas situaciones. Logrando, según Jeny y Miriam un “empoderamiento” en varios sentidos.

Un proceso de empoderamiento “que nació en lo colectivo de empezar a sentirnos fuertes como comunidad, como pueblo, la dicha de haber echado a cuatro empresas mineras bien grandes, unos monstruos que ni nosotras teníamos idea de qué eran”, pero que se fue manifestando también en un proceso de empoderamiento como mujeres. Autonomías corporales y comunitarias que implicaron muchas alegrías, pero también muchos dolores y males sobre nosotras. Estigmatizaciones y heridas que todavía no cicatrizan; náuseas que todavía no se han convertido en vómito.

Jeny y Miriam nos cuentan acerca de los daños y violencias simbólicas que las atravesaron. Como las abuelas y madres de Plaza de Mayo, fueron tildadas como “las locas”. Las que no tienen nada que hacer, las que seguramente no tienen marido, ni hijxs y por eso andan en la calle haciendo lío. Las que andan todas juntas y por eso deben ser todas lesbianas. Las chuschudas, las perturbadas psicológicamente. Las que no estaban “bien atendidas” por los “maridos”. Hubo hasta ofrecimientos de “atenderlas”, a ver si se tranquilizaban.

Lo cuentan entre risas, como quien procesa esas cosas que dan bronca, que indignan. Pero reflexionando acerca del impacto y de los efectos de tantas prácticas y discursos que se construyeron alrededor de ellas, dice Jeny: “más allá de lo físico, desde ser golpeadas, atropelladas, apaleadas, presas… yo pensé que eso no había impactado en nuestro cuerpo. Pero después de 10 años, te digo que sí”.

Sacar lo que nos enferma

“Es mucho el dolor, son muchas las broncas, la impotencia que te da el abuso de poder y la violencia que generan las mineras, que genera el Estado y los gobernantes sobre las comunidades, sobre nuestras asambleas, sobre nuestros propios cuerpos. Y nosotras como mujeres, si bien es cierto que lo resistimos, lo peleamos, intentamos levantarnos todos los días y salir de nuevo a batallarla, pero se nota. Más allá de las batallas ganadas, hay un impacto en nuestro cuerpo que te está pasando boleta”. Las lluvias, las insolaciones, los fríos en la ruta que suelen acompañar los cortes, también producen lo suyo sobre nuestras pieles.

jenymiriamEl esfuerzo llevado adelante por estas mujeres en defensa del agua, las vidas, y demostrar que no están “locas”, requiere la generación de espacios donde poder hablar las rabias, la broncas. Para poder transformar esas náuseas en vómito, sacar todo lo malo de nuestros cuerpos, sacar aquello que nos enferma. Así, cuidar la vida significa también autocuidarnos, y cuidar de lxs demás, de la naturaleza y de los afectos, mientras transcurren nuestras luchas.

Luchando por el buen vivir

En una y otra lucha socioambiental, en la defensa del territorio y de nuestros bienes comunes, la fuerte presencia de mujeres se convierte en un elemento ineludible a la hora de pensar las luchas: mujeres tomando decisiones; participando de la vida comunitaria; organizándose. Movilizando a sus compañeros varones. Nos parece fundamental pensarnos y preguntarnos: ¿cómo seguimos poniendo el cuerpo en las luchas? ¿de qué manera podemos generar nuevas formas de luchas que nos representen? ¿cómo nos pensamos como mujeres? ¿cómo curamos nuestros dolores y sanamos nuestras cicatrices?

“Porque la autonomía de los cuerpos no es posible si no hay una autonomía espiritual y mental”, nos recuerda Jeny hacia el final del recorrido del viaje. Y aquí aparece el buen vivir, como una construcción práctica y conceptual que ella define así: “Volver a los saberes de nuestras abuelas, es fortalecer las construcciones horizontales junto con las personas. Y un otro, más allá de los seres humanos: plantas, animales. Empezar a salirnos de ese eje estúpido que nos puso la colonización de ser el centro y el pupo de la creación, de la naturaleza. El buen vivir tiene que ver con eso, con recuperar los tiempos para tener tiempos, para disfrutarnos, para disfrutar de las cosas importantes, de los afectos de ser felices y no tan esclavos”.

Miriam, acuerda con que el horizonte es este buen vivir. Pero también es consciente de los tiempos que se vienen: “Vamos a tener que endurecer mucho más esta lucha. Vamos a tener que poner mucho más el cuerpo, y dedicar mucho más tiempo. Buscar más espacios de felicidad para poder resistir todo esto tan doloroso. Vamos a tener que ser muchas más laburando en la calle, cortando la ruta y saliendo a los barrios para llegar al buen vivir”.