“Tuve que aprender a vivir de nuevo”, dice el padre Alberto, quien llegó desde La Rioja hasta Loma Hermosa. Ya lo asaltaron seis veces y le tiraron un cadáver en la puerta de la iglesia.

Por Clarín

Hace ocho años, la vida de Alberto Benegas, el cura que quiere pacificar el barrio donde el médico Lino Villar Cataldo mató al ladrón que le quiso robar el auto, era distinta, muy distinta. Vivía en un pueblito humilde de La Rioja, a 170 kilómetros de la capital, donde las casas no tienen puertas. Allí, tenía un acuerdo con los vecinos: su camioneta siempre dormía sobre una de las calles que bordea la plaza, abierta y con las llaves puestas, a disposición del pueblo. Si a alguien lo sorprendía una emergencia de madrugada podía usarla para ir al hospital o donde necesitara. Solo tenían que devolverla con combustible. “Me levantaba y miraba si estaba o no. Sabía que si no estaba, algún vecino había sufrido un accidente. Jamás me hubiese imaginado que podrían robarla”, recuerda.

Antes había vivido y misionado durante 16 años en muchos países del continente. De La Rioja le salió el traslado a Barrio Libertador, en Loma Hermosa, partido de San Martín. El cambio fue abrupto. Lo que más lo sorprendió fue el tiempo que los vecinos invertían en seguridad personal. Todos estaban alertas, atentos a eso, pendientes. “La impresión fue que tuve que aprender a vivir de nuevo”, dice. “No podemos estar a la defensiva siempre, pensando que cualquiera nos puede robar. Eso es lo que más me impresiona del barrio”.

En marzo pasado cumplió ocho años en el lugar, donde funcionan seis capillas que componen una Parroquia. Todo indicaba que su futuro estaba en Madrid, por un proyecto personal de estudios. Pero en los seis meses previos seis sacerdotes de la zona fueros dados de baja y tuvo que quedarse.

El jueves pasado su historia se visualizó a partir de su intención de participar en una marcha por la “pacificación del barrio” (que se hará el próximo sábado), a partir del intento de robo a Villar Cataldo (61) que terminó con la vida de Ricardo “Nunu” Krabler (24), un ladrón del barrio. La idea nació de un grupo de vecinos, que se la fue a proponer. Y Alberto, que es de esos curas que también se involucran en realidades ajenas a lo religioso por sus convicciones, habló. Les dijo que no había que condenar al muerto y a su familia. Como tampoco sacralizar al médico. Que lo mejor era organizarla para decirle “basta a la violencia en el barrio”.

“Libertador es una muestra de lo más lindo, por sus niños y jóvenes, por la bondad. Y a la vez, una muestra de las miserias más fuertes, como el desprecio a la vida y una violencia muy marcada. Sea familiar o en robos”, dice a Clarín.

Todavía recuerda la visita de un hombre de nacionalidad paraguaya que le decía haber sido testigo de un robo a mano armada a dos mujeres que esperaban su mismo colectivo, en el barrio. “Sentía una culpabilidad muy grande: del miedo se había quedado paralizado y no reaccionó. Advertía que sus hijas podrían sufrir algo igual, y que si hubiese estado armado, no duraría en sacar el revólver”.

Hace tres semanas, una familia se le acercó a llorando. Decían haber comprado una propiedad en el barrio, y a las 48 horas, los hombres a los que se la habían pagado aparecieron armados, apuntaron a su bebé y los desalojaron, dejándolos solo con algunas de sus cosas en la calle. La usurpación de casas es algo común en Libertador.

El padre también fue víctima de los delincuentes. Y no una sola vez: lo asaltaron en seis oportunidades. El año pasado recibió un llamado de su compañía celular en el que le ofrecían beneficiarlo con un equipo nuevo. Alberto fue hasta San Isidro y le dieron dos opciones. Eligió el más grande. Estaba contento. Había pasado de uno viejito a uno de última generación. Pero le duraría 15 días. Una noche lo asaltaron en la puerta de una capilla. “Ese celular me terminó salvando la vida. Era lo único que tenía para darles… no sé qué hubiese pasado si no lo llevaba encima”, admite.

Sus dos primeros años en Libertador fueron tranquilos. Hasta que junto a un grupo de vecinos denunciaron lo “naturalizado” que estaba el consumo y la venta de drogas. Y ahí llegaron los problemas. Un domingo de aquella época apareció una persona degollada en la puerta de una iglesia y le recomendaron irse por un tiempo. El traslado fue a Tartagal, Salta, donde trabajó con comunidades tobas y wichis.