img_0764

¿Cómo fue recibir a una familia siria en la Argentina?

Los argentinos Julio Saad y Marisa Ledesma adoptaron esa lucha como propia al recibir el pedido de ayuda de George Saad (29) y su esposa embarazada Ramia Kabousheh (30); necesitaban escapar de la guerra; la difícil tarea de hacerlos sentir “como en casa”

Por La Nación 

Quizás fue la empatía, esa habilidad que tienen algunos para ponerse en el lugar de otro, o tal vez fue la solidaridad, ese amor puro y desinteresado. Lo cierto es que la familia de Julio Saad y Marisa Ledesma, de La Rioja, adoptaron esa lucha como propia al recibir el pedido de ayuda del sobrino de Julio, George Saad (29) y de su esposa, Ramia Kabousheh (30), que necesitaban escapar de la guerra en Siria porque a George lo habían convocado al ejército y ella estaba embarazada.

Una mañana, cuando Marisa estaba desayunando junto a su familia, George le envió un mensaje con una nota del diario El País de Uruguay que daba a todos una cuota de esperanza: la Argentina entregaba visas a los que tuvieran familia en Siria.”Necesito que me ayudes porque la situación es crítica. Me llamaron para ir a la guerra”, le decía George, quien debía presentarse a las fuerzas la mañana del 22 de enero.
Este contacto abrió las puertas a lo que se convirtió en una relación de lealtad y entrega entre estas dos familias que no se conocían personalmente. Hasta entonces, ellos se limitaban a saludarse -vía Facebook- para las fiestas y cumpleaños, pero la pareja siria vio en ese vínculo, un tanto remoto, su única escapatoria.

“Me despertó su pedido de ayuda desesperada. El instinto de conservación humana te hace decir sí, contá conmigo. Si no los sacábamos de allá él iba a entrar al ejército o se podía adelantar el parto de Ramia, lo que implicaba que no iban a poder salir. Teníamos fecha límite”, describe Marisa, quien recuerda que su respuesta fue “casi inconsciente” porque sentía -al igual que Julio- que si George iba a la guerra “era una muerte segura”.

Iban contrarreloj y sentían que no podía fallar. “Hubo que cumplir esa promesa que no era fácil porque muchas cosas no dependían de nosotros”, agrega Marisa -cuenta que la tensión fue tal que decidió empezar terapia: “Hacia de psicóloga para ellos. Hasta que se subieron al avión para la Argentina fueron momentos de mucha incertidumbre y miedo”. Según ella, el proceso se tornó muy engorroso porque fueron lo primeros refugiados sirios en obtener la Visa.”Fue el trámite número uno, una experiencia para todos: cancillería, migraciones y para nosotros”.

Sumergidos en la incertidumbre, realizaron todos los trámites para obtener la Visa Humanitaria y, una vez que la obtuvieron, compraron los pasajes de avión porque la pareja siria no podía hacerlo desde su tierra natal. Escapar de esta manera era la forma más segura y, según cuenta Ramia a LA NACION, si no lograban conseguir este documento solo les iba a quedar la opción de huir por el mar: un gran riesgo considerando que ella estaba embarazada de ocho meses y medio . “Su médico le hizo un certificado diciendo que cursaba el sexto meses de embarazo para que pudiera volar y le inyectó pro-testosterona para que no sufriera contracciones durante el viaje”, confiesa Marisa, como ejemplo de uno de los tantos obstáculos que lograron sortear.
El boleto a una nueva vida
Con la alegría de quien logra despedirse del horror, el matrimonio sirio y su hijo Julio -de un año- viajaron rumbo a suelo argentino el 20 de enero, tan solo dos días antes de la mañana en que George debía presentarse al ejército.

“Nosotros viajamos a Buenos Aires a recibirlos con un cartel de bienvenida. Nos dejó con la consciencia tranquila porque se los habíamos prometido”, relata Marisa. Y agrega: “Fueron los últimos en salir de todas las personas que habían llegado en ese vuelo. Cuando se abrió la puerta vimos su cara de tranquilidad y felicidad. Hubo muchas lágrimas y agradecimiento de parte de ellos. Siempre nos dicen que les salvamos la vida. Es una satisfacción muy grande haber podido ayudar en algo tan extremo”.

Recibirlos en el hogar era el próximo desafío, una experiencia nueva incluso para la comunidad en general. Hay un temor latente y generalizado de abrirle las puertas a una comunidad estigmatizada con la amenaza que simboliza para el mundo entero el Estado Islámico. Recientemente un especialista de la ONU advirtió sobre la llegada de refugiados sirios por el temor a la entrada de infiltrados del ISIS. Tanto era el miedo para ellos que -según cuenta Marisa a LA NACION-, al principio ocultaron su proceder. Solo la familia y los amigos más íntimos sabían del desembarco de esta pareja siria.

Luego llegaron los días de convivencia. Marisa recuerda que cuando llegaron los familiares de Siria, tres de sus cuatro hijos estaban estudiando en Córdoba lo que facilitó la organización y la disponibilidad de lugar en la casa para recibirlos. Por suerte, todos colaboraron en el hogar para adaptarse a los nuevos horarios, alimentación y costumbres y para disfrutar juntos una nueva realidad: “Volver a tener bebes en la casa”.

La hija de Ramia y George nació el 5 de febrero y lleva el nombre de Marisa en agradecimiento por la labor que su tía abuela hizo para rescatarlos y como fruto de la fusión entre estos dos mundos. La pequeña, nacida en la Argentina, es para ellos una oportunidad de obtener la nacionalidad argentina para todos.

“Tengo un vínculo muy especial con la beba; ver que es una chiquita tan feliz, que siempre sonríe me llena el alma”, describe, emocionada, la mujer argentina. Aun le cuesta creer que se llame Marisa, como ella. “Fue una sorpresa hermosa”.

En este nuevo esquema de convivencia, el flujo cultural se volvió bidireccional, sobre todo, desde la faceta gastronómica. Ellos les piden recetas de comida argentina a sus anfitriones y, al revés, algunos días a la semana, agasajan a su nueva familia con comida árabe.

Una de las limitaciones más notorias de los “visitantes” fue la del idioma. Al principio se comunicaban en inglés y, con el tiempo, George y su familia fueron aprendiendo español con la ayuda de sus primos, algo que todavía les cuesta pero que intentan con mucha energía. Una muestra de su esfuerzo es que frente al pedido de LA NACION de que hicieran un video contando su historia, eligieron hacerlo en castellano.

Hoy, luego de vivir por un año y tres meses todos juntos, los refugiados lograron reconstruir su vida. George trabaja en un restaurante con su tío: pudo alquilar una casa desde abril y ya sacó el registro de conducir. Siente que esto le da una gran independencia. Siente, también, que todo empieza a acomodarse. George es ingeniero en informática y Ramia, farmacéutica y confían en volver a trabajar de lo que saben hacer. Allá tenían trabajo, no escapaban del hambre. Les faltaba paz.

Ramia es de la localidad de Damasco y George, de la ciudad costera de Tartús, donde vivieron hasta que lograron escapar. Hace pocas semanas, un coche bomba explotó allí y acabó con la vida de al menos 30 personas. Este ataque lo vivieron a través de las noticias.