El Gobierno se puso en campaña y el Presidente le señaló a su gabinete qué aspecto definirá el resultado de los comicios legislativos. El mapa electoral de Cambiemos y los “milagros” de María Eugenia Vidal


Por Infobae

El Gobierno comenzó la campaña electoral. No es para alarmarse ni tampoco para provocar la crítica fácil. Todos los oficialismos hacen lo mismo un año antes. La necesidad de un triunfo electoral de medio término que confirme que la victoria de Mauricio Macri no fue fruto de la casualidad y la coyuntura anti K fue uno de los reiterados comentarios que los funcionarios recibieron en todas las reuniones que mantuvieron -en el país y en el exterior- con inversores en las últimas dos semanas.

“No hagan tanta teoría ni piensen muchas estrategias, las elecciones del año que viene dependen de la economía”. La frase, para nada original, pero extremadamente cierta, fue la respuesta que dio el propio Mauricio Macri cuando en los últimos días le propusieron debatir candidatos, estrategias y todo el cotillón electoral del caso. Lo mismo les dijo a muchos de los interesados en invertir en el país. Para el Presidente, la clave de las legislativas de 2017 es la economía.

El round trip con el mundo político y económico mundial le dejó en claro al Gobierno cuáles son los dilemas e incertidumbres generales: a) la fortaleza y continuidad política del modelo económico macrista; b) los costos de producir en Argentina (impuestos, tipo de cambio, lejanía del país etc.); c) el mundo sindical (y los costos laborales); d) el kirchnerismo, concretamente Cristina Kirchner. Ninguna duda que no tenga cualquier argentino.

El objetivo y la aspiración del oficialismo es que la economía comience a recuperarse en el cuarto trimestre de este año, para entrar con otro clima al 2017. Las buenas noticias en la materia -pocas todavía-, Mario Quintana y Gustavo Lopetegui las festejan como un gol: los aumentos en las ventas de cemento y de asfalto en agosto, la suba de los permisos de construcción en la Ciudad y de pedidos de acero. Todo vinculado a la construcción y la obra pública. Las salidas de las recesiones son siempre iguales desde hace décadas: Lord Maynard Keynes se lo escribió hace mucho a Franklin Roosevelt.

Los analistas coinciden en que finalmente la economía se recuperará. En el peor escenario, en los primeros meses de 2017. Nada malo en términos electorales. El rebote, pronostican los expertos, oscilará entre el 3% y el 5% en un contexto de supuesta baja inflacionaria, dejando abierto que se hará con las tarifas de los servicios a partir de abril. Nada que no haya pasado en los años electorales de la era K, después de un año no electoral malo en economía. La cuestión es como harán Macri y su equipo para romper esa inercia.
El Presupuesto 2017 parece más escrito por Jaime Durán Barba que por Alfonso Prat Gay y Gustavo Marconato. Y para ser justos, podría también ser también obra de Axel Kicillof: el gasto público, más sólido que nunca; el déficit fiscal, bien robusto; colocaciones de deuda pública por doquier -aquí y en el exterior-, en dólares y en euros (faltan yenes y yuanes nada más); giros a las provincias con un aumento del 31% respecto de este año (recuérdese que la inflación “prevista” para 2017 es de “17%”).

En el proyecto oficial hay poco y nada de reasignación de recursos que permita dinamizar o hacer más efectivos los fondos públicos, sin que eso signifique despidos o cortes absurdos de gastos (café, bombitas de luz, tóner para computadora etc.), todos gestos tan efectistas como poco serios. Ninguna reforma del Estado, de impuestos o de lo que sea. Nada para cambiar. El Estado está impecable. Un presupuesto electoral.

La importancia que tienen las elecciones del año que viene es lo que le permite al Gobierno “presentarle” al mundo económico y financiero un presupuesto tan político. “Las opciones son dos: hacemos esto y peleamos para ganar las elecciones legislativas, o nos volcamos a un ajuste salvaje que puede revivir a un kirchnerismo casi muerto y nos deja a nosotros a merced de una derrota electoral. En el exterior, funcionarios, inversores, banqueros y economistas están entendiendo la disyuntiva. Y como somos el camino más corto para que el populismo que tanto molesta a los Estados Unidos no vuelva a la región, terminan dándonos la razón”, explicaba la estrategia un alto funcionario.

La política local también juega porque, se sabe, el mapa electoral argentino tiene cinco grandes batallas: en Capital -dicen en la Casa Rosada- es “sabido” que no bajará Martín Lousteau, la única posible nube para el macrismo. La cuestión queda resumida entonces en elegir bien los candidatos. La postulante natural podría ser Carolina Stanley, considerada por muchos -entre ellos el Papa Francisco- la mejor ministra del gabinete. Sobre el inquieto Diego Santilli hay dos versiones contradictorias: que solicitó ser cabeza de lista de los diputados y/o que pidió permanecer en la Ciudad para custodiar cuestiones muy cercanas a su proyecto político, como el de la mudanza del Tiro Federal.

En Córdoba, no queda claro si el radicalismo querrá insistir con Oscar Aguad (perdió por poco la gobernación) o si PRO busca otras figuras. La Casa Rosada jura que no cometerá el error de Cristina de ir a pelearle la provincia a la dupla De la Sota-Schiaretti, sobre todo después de la derrota en Río Cuarto, salvo que las encuestas indiquen otra cosa. Los líderes cordobeses han logrado alambrar la provincia, como en su momento hicieron en San Luis los Rodríguez Saá. Nadie logra entrar. Pero también, dicen los críticos, nadie puede salir.

Santa Fe aparece complicada para PRO y para el socialismo. El gobierno mide a Luciano Laspina, responsable de una de las campañas de Miguel Del Sel y del presupuesto en el Congreso. No sabiéndose nada de Del Sel, el justicialista Omar Perotti, que ya ganó la provincia el año pasado como senador, parece convertirse en un duro competidor.

Dejando Mendoza como un problema de radicales, todas las miradas, otra vez, estarán en Buenos Aires. Uno de los más importantes funcionarios del gobierno nacional le confesaba ayer a este periodista cómo le dicen a María Eugenia Vidal en la intimidad: “Al principio la llamábamos Heidi. Ahora le decimos Gilda, por los milagros”.

La gobernadora bonaerense lidera todas las encuestas provinciales y nacionales. Es PRO original, pero lleva adelante un modelo político no tan similar al de la Casa Rosada. Más parecida al Macri-Jefe de Gobierno que al Presidente, se le atribuye una frase – “yo gestiono, no comunico”- que demuele todo el pensamiento filosófico de Marcos Peña y sus fieles seguidores, reunidos en una jornada de liturgia política en el CCK.

Mientras Vidal recorre comisarías, dispensarios, hospitales, villas de emergencias, jardines de infantes y comedores sin un fotógrafo y a veces hasta con una mínima custodia, al Presidente le montan en Pilar un set de cine hollywoodense para circular unas cuadras en un colectivo imaginario, contratado con vecinos y pasajeros “elegidos”, rodeado de cámaras de televisión y celulares smartphone para alimentar Facebook, Twitter, Instagram y Snapchat. Uno, el Presidente, viene mostrando una paulatina y descendente curva de imagen que sólo muestra picos de recuperación cuando reaparece Cristina Kirchner o el kirchnerismo regala escenas explicitas de fajos de dinero. La Gobernadora, en cambio, mantiene altos niveles de popularidad. Para suerte de la Casa Rosada, Vidal es de PRO.

“Las encuestas muestran que el as de espadas de la política argentina hoy es María Eugenia. Y (Sergio) Massa, el de bastos. El problema que tenemos es que el as de espadas no puede ser candidato. Y el de bastos, sí”, resumía una alta fuente oficial la situación de Cambiemos en Buenos Aires. ¿Hasta dónde traccionará a Vidal a los candidatos que podrían ser Jorge Macri, Esteban Bullrich o quien ella decida? ¿Elisa Carrió renovará por la Ciudad -gana seguro- o por la Provincia? Demasiados interrogantes.
El teórico alejamiento de Bullrich del ministerio de Educación abre el debate sobre el rearmado del Gabinete. Cien y mil veces se ha dicho que al Presidente no le gusta cambiar ministros, pero entre los que no aportan mucho, los que restan y los obligados por urgencias electorales, todo puede suceder.

Los ministros electorales podrían ser Bullrich (Buenos Aires), Julio Martínez (desconocido en la Provincia, es del de Defensa y tiene una alta popularidad en La Rioja), Aguad (Córdoba, las telefónicas querrían a otro en su lugar en el ministerio de Comunicaciones), Ricardo Buryaille (Formosa, a quien le atribuyen tantas renuncias como a Prat Gay) y Stanley (Capital, pero se duda en sacarla del ministerio de Desarrollo).

El sainete del Gabinete incluye el capítulo de Susana Malcorra. Demasiada telenovela sobre su permanencia para tan pocos meses. Que se va a la ONU, que se queda, que no sabe, etc. Los radicales temen perder el ministerio que hoy manejan a través del vicecanciller y correligionario Carlos Foradori. Sospechan que un ministro que visite su oficina, firme el despacho y conduzca la Cancillería le haga perder poder al número dos. Razón no les falta.

Lo insólito del caso es Alfonso Prat Gay: su buen nombre y honor dependen mucho del resultado del blanqueo, que todavía no da señales de vida -cerca de Lopetegui dicen que podría superar los 80.000 millones de dólares-, y de la recuperación de la economía. Se quiere quedar donde está, pero si Malcorra se va, quiere reemplazarla. Esto rápidamente encontró la oposición en el gabinete de Peña.
A propósito de Peña: habría mejorado su relación con Emilio Monzó. El presidente de la Cámara de Diputados es el líbero de Cambiemos y todo el mundo lo acepta. Fue el autor intelectual de la idea de que el Gobierno debía cambiar, abrirse más “y hacer política” y puso en alerta rojo al sistema oficialista cuando dijo que “si seguimos haciendo timbreos y no cambiamos, vamos a terminar haciendo ring raje”. Alejado del manejo electoral de su propia provincia, por el natural peso político de Vidal, tiene en su cartera de representados nada menos que a Carrió y Ernesto Sanz, entre otros. Ha vuelto a hablar con el Presidente. Y no es el único crítico que es recibido otra vez en Olivos. Algo esta cambiando.