Arrancamos decididos a demostrar que la travesía podía llevarse a cabo en familia y con vehículos estándar, aunque muchos dudaban por la complejidad del terreno y otros hasta se bajaron por miedo a roturas. Con confianza y el ánimo por el cielo llegamos a Guandacol, en La Rioja, un pueblito de precordillera donde “la historia late”. Allí es normal encontrarse con petroglifos, restos de cerámicas indígenas y antiguas viviendas de adobe. Tierra del caudillo Felipe Varela, hoy Guandacol se ha convertido en un atractivo importante para travesías y eventos 4×4. Muy amablemente nos recibió Julio Mellid, dueño del único hotel local y de la posada Krasya May. Gente de primera en un pueblo de personas sencillas y muy nutridas de historia.

Tras acomodarnos nos fuimos a ver a Oscar, un viejo baqueano de la zona, recomendable para cuando uno llega solo, porque conoce el lugar hasta el último centímetro. Él nos llevó a recorrer lugares inimaginables, como el Vallecito Encantado, los petroglifos y el cerro Bola, llamado así porque nacen de sus entrañas rocas casi perfectamente circulares como las que se muestran en el Valle de la Luna.

Llegada de las camionetas

A la mañana siguiente recibimos a los adelantados de esta travesía: 4 camionetas con sus pilotos y familias. Mientras Daniel se quedaba recibiendo al resto del grupo, salí como guía. Arrancamos para la Quebrada de Las Flechas, un recorrido sobre el río Las Flechas, por partes muy encajonado entre los cerros, para luego abrirnos camino por huellas rodeadas de formaciones bien erosionadas que nos dejaban con la boca abierta y el corazón contento. Fueron 6 horas de travesía durante las cuales ya algunas personas, como Omar, que tiene su 4×4 hace solo 3 meses y que venía de usar automóvil durante toda su vida, empezaba a soltarse y adquirir el dominio de su pick up estándar.

Por la noche, y con todo el grupo ya reunido, realizamos la cena de bienvenida donde cantantes locales nos deleitaron con música regional. Al finalizar el encuentro se dio la charla técnica de manejo de acuerdo con el suelo y los lugares por los cuales se transitaría durante los próximos 3 días. Así fue como llegó el viernes y el convoy de 14 camionetas de varias marcas tomaron el rumbo a la mina La Helvecia, de la cual se extraía plomo, plata, zinc y baretina.

Previamente pasamos por la casa de don Reinhart y doña Elvira, propietarios de las tierras donde se encuentra la mina y quienes antiguamente habían trabajado ahí, para que nos mostraran fotos y nos contaran la historia del lugar. Luego continuamos con la compañía de su hijo Klau, quien está por presentar la tesis para recibirse de geólogo. El objetivo era que nos diera una charla dentro de la mina.

Así se inició la primera de las tres travesías con un nivel de dificultad media/baja: circulando por caminos, huellas, senderos, ríos, cuestas angostas y piedras, al tiempo que los instructores nos fuimos turnando en el asesoramiento y guía de cada vehículo ante cada obstáculo.


Trekking de media altura

Una vez llegados al viejo campamento –las ruinas de las casas donde habitaban las personas que trabajaban antiguamente en la mina–, nos encontramos con otro obstáculo: el camino más abajo, cerca del socavón, se cortaba en un antiguo derrumbe y no había lugar para dar vuelta las camionetas. Quedaba entonces una caminata de unos 400 m a unos 2.500 m de altura, por lo cual decidimos que la gente bajara caminando y que solamente avanzaran las dos camionetas de la organización, para luego poder subir a las personas que tuvieran alguna dificultad para hacer el ascenso a pie.

Una vez junto al socavón de la mina, ingresamos a un “paseo minero” muy interesante: más de 300 m de túneles a través de los cuales conocimos cómo funcionaba este lugar, sus perforaciones, rieles, el polvorín y los minerales que se extraían. También cómo era el trabajo dentro del sitio, gracias a nuestro guía de lujo, Klau.

Después de un hermoso día de 4×4 tranquilo y mucho paseo visual, la caravana regresó al hotel para reponer energías para el segundo día. Así fue como tras el desayuno arrancamos para Villa Castelli, base logística de la Quebrada del Yeso, un sitio que no solamente llama la atención por su imponencia, por los valles que la atraviesan y por su recortada geografía, sino también porque es un punto clave desde lo geológico para entender cómo era el paisaje hace 15 millones de años, cómo fue el levantamiento de la Cordillera de los Andes y del nevado de Famatina.

Hacia el fesh fesh

Sus formaciones están compuestas mayormente por arcilla y limo, y contienen óxido de hierro diseminado, lo que le da su color rojizo. Ahí nos detuvimos durante cinco minutos a saludar a Mariano Platero, encargado de la concesión del lugar. Una vez cumplidos estos pasos previos arrancamos a lo que sería una travesía llena de entretenimiento, con un poco de 4×4 más exigente que terminó divirtiendo a experimentados y principiantes. Personas que por primera vez vivieron en carne propia y con sus vehículo sin ninguna preparación especial lo que es el fesh fesh (polvo muy finito tipo talco), las rocas, los senderos encajonados y lechos de ríos con cortes y quebradas donde hacíamos trabajar a los diferenciales.

Al salir de abajo del puente Jague por el lecho del río, dimos aviso a la policía de que la travesía había concluido sin problemas y emprendimos el regreso a Guandacol. Pero ahí no terminaba la aventura para todos: los que habían elegido pasar una noche en el puesto de montaña tenían solo media hora para preparar sus cosas y darse una ducha reparadora. Así arrancamos 8 camionetas para el puesto Las Cuevas, para ver a don July, enfermero del puesto y conocedor de la zona, quien nos esperaba con un corderito al horno de barro que comimos bajo la luz de las estrellas, en una noche que pudimos disfrutar al máximo.

Llegó el día final

Ya con el campamento desarmado nos pasó a buscar la otra mitad del grupo guiada por Daniel. Todos juntos continuamos a lo que sería la mejor aventura. Recorrimos ríos, quebradas, el Llano del Leoncito, la Puerta del Leoncito y su quebrada. Nos salimos del camino por una vieja huella que nos llevó al refugio Pastos Amarillos, uno de los tantos que mandó a construir Sarmiento durante su presidencia para hermanarnos con nuestro vecino Chile. Y después de esto vendría lo mejor, abandonar toda huella para meternos de lleno en la cordillera, donde pusimos a prueba nuestros vehículos que respondieron de forma magnífica.

Lo que parecía imposible ya lo estábamos viviendo, era conmovedor ver las caras de asombro de todo el grupo. Estar inmerso dentro de la cordillera no tiene precio y haber llegado por medios propios, menos aún. Los paisajes hacían caer lágrimas y el asombro se volvía presente en la mayoría de los comentarios. ¡Lo habíamos logrado!

Por Weekend