Mauricio Macri los recibió por primera vez cuando llevaba menos de 48 horas con la banda presidencial puesta. Aquel día de diciembre hubo asistencia perfecta en Olivos. La postal se repitió en mayo. Todos viajaron a Córdoba para firmar la restitución de fondos de la Anses. Medio año más tarde, en plena guerra por la reforma electoral, el Presidente volvió a citarlos: eran ocho. Hace 12 días, a la quinta presidencial llegaron apenas cuatro.

La escala descendiente es mucho más que numérica. Refleja el derrotero político del vínculo entre Macri y los gobernadores peronistas a lo largo del primer año de Cambiemos en el poder: del romance por contraste con el látigo kirchnerista de los primeros meses a la desconfianza, la tirantez y los pases de factura del último tramo.
Las explicaciones del declive son varias y se superponen. Pero la que se impone en los diagnósticos de los protagonistas es casi siempre la misma: la falta de fondos para obras de infraestructura y viviendas, o, puesto en el lenguaje llano del federalismo vernáculo: “la plata no baja”. La brecha entre el dinero que los gobernadores aún esperan de la Nación y la que efectivamente aterrizó en las provincias fue ensanchándose con el paso de los meses.

Los gobernadores asocian esa merma no sólo con la situación económica general, sino con un cambio en la relación de fuerzas del gabinete. “Rogelio [Frigerio] viene y se compromete con fondos. Pero, evidentemente, cuando vuelve y comunica hacia arriba o hacia sus pares, empiezan los cortocircuitos. Es como que ha perdido vuelo”, grafica un experimentado gobernador del PJ. Otro da menos vueltas: “Frigerio sigue siendo nuestro interlocutor por excelencia y escucha, pero cuando las cosas pasan a Hacienda, [Alfonso] Prat-Gay se las pisa”. La vieja disputa entre política y los números en versión Pro.

Asociado a esta guerra fría entre ministros aparece un déficit compartido. Por decisión o por debilidad, Macri consolidó un modelo de negociación “caso por caso” con los gobernadores que, sobre todo últimamente, demostró ser ineficaz. La fragmentación del PJ y la ausencia de un líder claro con quien ir ajustando los grandes trazos de la relación aportó a ese escenario.

El resultado es una acumulación de microconflictos que obstruyen la creación de un vínculo estable con los gobernadores como bloque y no como individuos. El ejemplo más reciente es el del chubutense Mario Das Neves, tras la quita de los reembolsos a las exportaciones por puertos patagónicos. Un pequeño conflicto que, en pocas horas, dejó al Gobierno con un aliado menos. Otros ejemplos: el escuálido avance del promocionadísimo Plan Belgrano en el Norte o la falta de medidas para frenar los éxodos a Paraguay para comprar nafta más barata.

“Hasta acá llegamos”

Por otro lado, la coyuntura empezó a bailar con el futuro o, mejor dicho, con las elecciones del año que viene. Quedó bien claro esta semana con la foto del peronismo en todas sus versiones abroqueladas detrás de la reforma de Ganancias. El clima de “cambio de etapa”, de cara a las legislativas, se afianza también entre los gobernadores quienes, aunque no pondrán en juego su poder, revalidarán sus cartas en el Congreso.

Más o menos crudamente, todos deslizan que el tácito “acuerdo de gobernabilidad” con Macri está expirando. Porque “ya pasó un año”, porque “empezó la campaña”, porque “hay que empezar a diferenciarse” del Gobierno, porque “cumplieron la mitad de los acuerdos”. O por todo eso a la vez.

A ese panorama se suma otro razonamiento que los últimos traspiés del oficialismo -sobre todo el de Ganancias- convirtieron en obvio entre los jefes peronistas: ninguno quiere quedar pegado a una posible derrota del Gobierno y menos con un tema tan sensible al ánimo de una parte de la clase media y los gremios.

Además de potenciar el riesgo de asumir un costo político alto e innecesario, la pelea por Ganancias volvió a dejar en evidencia una condición ya instalada en el ida y vuelta entre la Casa Rosada y los gobernadores: el hecho de que la mayoría de los mandatarios tienen poca o ninguna influencia sobre cómo votan los legisladores de sus provincias, aunque los más duros conservan niveles de control y su poder de fuego está intacto.
Ese mapa se completa con el deterioro sostenido de la interlocución entre el Gobierno y el Congreso y el desgaste de sus protagonistas, particularmente visible en el Senado.

A las repetidas (y silenciosas) críticas de los gobernadores contra Gabriela Michetti y Federico Pinedo por su falta de manejo de los códigos parlamentarios, en las últimas semanas se sumó un dato que preocupa al Gobierno. Miguel Pichetto, el hombre que durante todo el año garantizó el orden de la tropa peronista en el Senado, estaría perdiendo ese capital invalorable. Y por las mismas razones que, en un año, llevaron a Macri y a los gobernadores de la luna de miel al desencanto, del idilio a la desconfianza.

Por La Nación