En la cárcel de La Rioja, el ex jefe del Ejército de Cristina recibe la visita de gendarmes y se hizo inseparable de un condenado a perpetua por un crimen feroz.

 

El general Milani anda en malas compañías. En la cárcel de La Rioja, donde pasa sus días detenido por acusaciones de secuestros y torturas durante la dictadura, tiene de compañero inseparable y protector a un asesino a sueldo.

Un informe reservado de fuentes penitenciarias elaborado el último jueves dice que un hombre llamado Mario Isidro Barrios “se ha convertido en una especie de colaborador-custodia” de Milani. El vínculo llama la atención de los carceleros a tal punto que ya están evaluando separarlos. O Barrios cambia de pabellón o Milani se va a una cárcel de Córdoba, donde podría perder los privilegios que tiene ahora en La Rioja: un celular personal que lo acompaña día y noche, comida diaria llevada por su hijo mayor y visitas ilimitadas.

La compañía de Barrios, un ex gendarme condenado a perpetua por el feroz asesinato de un comerciante, ha hecho sentirse más seguro a Milani, preso desde hace tres semanas en la misma cárcel donde en la década del 70 fueron a parar los obreros ferroviarios que luego lo acusaron de secuestros y torturas. A tal punto, que las primeras denuncias de “condiciones infrahumanas” de detención que hizo su abogada Mariana Barbitta se fueron diluyendo con los días, y ahora ella ya casi no va a La Rioja. El abogado que más lo visita es el rosarino Gustavo Feldman.

Milani no prueba bocado de la comida del penal -le habría dicho a algunos de sus compañeros del pabellón 5 que tiene miedo de ser envenenado- y se entusiasma con las largas charlas que mantiene con varios de los gendarmes que lo visitan. Esto genera desconfianza en las autoridades del Penal: los gendarmes se anotan para ver a Barrios -el ahora compañero inseparable de Milani-, pero terminan en extensas rondas de conversaciones con el ex jefe de inteligencia del gobierno de Cristina. ¿A quién van a visitar, en realidad?

Los datos fríos de la guardia del penal hablan solos. Los gendarmes que se anotaban para visitar a Barrios lo hacían una vez por mes y, desde que está Milani detenido allí, lo hacen todas las semanas. Quizá el general quiera mantenerse bien informado. Y acaso aún pueda ofrecer vínculos jugosos a cambio de información: las mismas fuentes dicen que Milani le habría ofrecido a Barrios hacer entrar a su hijo al personal civil de inteligencia del Ejército luego de que Barrios le dijera que no había podido hacerlo ingresar a la Gendarmería. A cambio, Barrios lo protege, le hace de secretario y le presta el nombre por si Milani quiere camuflar alguna visita.

Barrios tiene ahora 58 años. Fue condenado a perpetua en junio de 2009 por el feroz asesinato de Jorge Ormeño, el dueño de una concesionaria de autos en la localidad riojana de Villa Unión a quien el juez del pueblo le debía una fortuna. Aquel juez, Walter Moreno, comenzó a investigar el crimen imputando a tres inocentes para encubrirse a sí mismo. Hasta que lo echaron de su cargo y la justicia determinó que él había mandado a matar a Ormeño por el dinero que le debía. Lo hizo contratando a un policía y al ex gendarme Barrios. El comerciante fue asesinado a golpes y luego su cuerpo fue puesto sobre un montículo de arena y pasado por encima con un auto. Después lo pusieron en su camioneta, lo rociaron con nafta y lo arrojaron desde un barranco de 15 metros de altura.

La Corte de Justicia de la Nación dejó firme el fallo contra Barrios en octubre de 2013. Milani había asumido como jefe del Ejército apenas tres meses antes. Por entonces, ninguno de los dos pensaba conocerse y mucho menos compartir celda y visitas.

César Santos Gerardo del Corazón de Jesús Milani dejó su puesto de jefe del Ejército unos meses antes del fin del mandato de Cristina, a mediados de 2015. Se fue dando una arenga en tono militar, molesto porque lo corrían de su rol central de manejar la inteligencia en la Argentina. Se había pegado a Scioli para asegurarse la continuidad -apostaba a ser el jefe formal de la Side del nuevo gobierno- pero, como muchos otros, una mañana se despertó en el llano. Antes y después de aquella arenga castrense se ha preocupado por mostrar una cara moderada, de alguien dispuesto a explicar lo que hubiera que explicar, salvo el pasado propio. Aquel día del último discurso fue claro: “Mi gestión la juzgarán mis soldados, mis camaradas y mis amigos”, dijo. El problema fue cuando el círculo se abrió a la justicia federal.

Ya estaba denunciado por la desaparición de un conscripto en Tucumán cuando fue entrevistado por Hebe de Bonafini para la revista de las Madres. Ella lo cobijó como antes había cobijado a Sergio Schoklender y lo invitó a explicar cómo era el “nuevo” Ejército Argentino. El no paró de sonreír y repitió las consignas del proyecto nacional, para mostrar que en verdad era un militante de la revolución kirchnerista. Así posó para el fotógrafo de Clarín que lo tomó saliendo de su primera presentación en Comodoro Py, ya en el llano, con los dedos en V, cuando fue procesado por enriquecimiento ilícito. Bonafini le había propuesto entrar con el Ejército a urbanizar las villas “porque son un desastre”. Milani sonreía feliz: “Sabés que no depende de mí, pero sería espectacular”, se entusiasmaba el general que en su infancia en Cosquín admiraba a Perón.

Tras el cambio de gobierno y ya asociado a Guillermo Moreno en una cadena de pancherías, bajó el perfil mirando de reojo dos causas de la justicia federal que había piloteado con cierta displicencia en los meses anteriores -más aún después de aquel cobijo público de Bonafini-, y que asomaban desde los tribunales de Tucumán y La Rioja. La detención tras el llamado a indagatoria por el caso riojano lo tomó por sorpresa, pero no pasaron ni dos semanas hasta que también fue procesado por la desaparición del soldado Ledo, en Tucumán, un chico de 21 años que estudiaba Filosofía y Letras y que desapareció estando bajo bandera. A su madre le dijeron que había desertado. Milani firmó ese acta de deserción encubriendo lo que en realidad había sido el secuestro y la desaparición forzada de un joven estudiante.

En la causa riojana -por el secuestro y tortura de un padre y su hijo y de otra mujer- directamente hay testigos sobrevivientes que lo reconocieron. Verónica Matta dijo que fue Milani uno de quienes la detuvieron ilegalmente y que ella misma lo vio en la sala de torturas.

Preso desde hace 24 días en el penal riojano, Milani fue citado otra vez para el martes, para ser indagado por asociación ilícita. Y está siendo investigado por la presunta existencia de un aparato de inteligencia ilegal durante el gobierno de Cristina. Aún están en proceso de interpretación sus llamados cruzados con integrantes de los servicios de inteligencia durante las horas previas al hallazgo del cuerpo del fiscal Nisman. Y, aunque la noticia estaba en todos lados el domingo a la noche, Milani dijo que él recién se enteró de la muerte del fiscal al día siguiente. ¿Pudo estar tan desinformado? En la guerra de los servicios, hay quienes lo sitúan la misma noche del domingo en las cocheras del subsuelo de las torres Le Parc, mientras la ya célebre manada de búfalos destruía cualquier amago de prueba en el departamento del fiscal muerto.

“Las fuerzas armadas anteriores se creyeron dueñas del mundo y de las personas”, le contaba Milani a Bonafini. Y se indignaba: “No se podía ni escuchar a Serrat”. Ahora, preso por secuestros y torturas, analiza su estrategia protegido por un asesino a sueldo. Estuvo más nervioso en las últimas horas, cuando supo que volvería a ser indagado este martes. Difícil saber si, entre tantas preocupaciones, también explora el laberinto de su conciencia.

Por Clarín