Natalia lleva grabado el nombre de Agustín en la muñeca de su mano izquierda. Está escrito en imprenta y mide unos 5 centímetros. La palabra está acompañada por el símbolo de amor infinito. Se lo hizo un mes después de que su novio muriera, como símbolo de la historia de amor que vivieron.

Tres años antes

Según LA NACIÓN, Natalia y Agustín se conocieron en julio de 2011, en Cruz del Eje, Córdoba. Él estaba jugando al pádel con el primo de ella y, aunque esa tarde no cruzaron ni una palabra, al poco tiempo él le pidió amistad en Facebook.

En cuanto empezaron a hablar se sintieron atraídos. Charlaron sobre su actividad como jugador profesional de pádel -Subcampeón Mundial y Campeón Panamericano- y ella le confesó que estaba en Córdoba de visita, pero vivía en La Rioja.

Al poco tiempo, el momento tan esperado llegó: él tenía que jugar un torneo en La Rioja, y se iban a ver. La primera cita. Ese fin de semana se pusieron de novios. Tenían 15 años y una vida por delante.

Los primeros dos años fueron maravillosos, pero una tarde todo cambió. A Agustín le dio un tirón en la espalda muy fuerte y como el dolor no cedía fue con sus padres al médico. Le hicieron una batería de estudios que arrojaron un diagnóstico demoledor: “Cáncer testicular con metástasis en intestino y cerebro”.

Uno nunca espera encontrarse con un diagnóstico tan malo, pero a los 18 años mucho menos.

“Pronto va a salir el sol”

Natalia nunca lo dudó. Estaría ahí para su novio como lo había estado siempre, desde el primer día. Viajaría a Córdoba las veces que fueran necesarias, se internaría con él, le daría ánimo y haría todo lo que estuviera a su alcance para regalarle a Agustín momentos felices.

Él enfrentó todos los tratamientos -que incluyeron quimioterapia y un autotransplante de médula-con actitud positiva porque tenía esperanzas de que todo iba a estar bien y cuando alguien le preguntaba cómo se sentía él contestaba con una sonrisa: “Pronto va a salir el sol”. Sin embargo, con Natalia se permitía llorar, mostrarse triste y transparente ante la realidad que le tocaba enfrentar.

Ella siempre estaba, y con ayuda de amigas y familiares, Natalia se encargó de organizar colectas, ventas de productos y rifas para poder ayudar económicamente a la familia de Agustín a solventar todos los gastos médicos.

Jamás soltaré tu mano

El trasplante salió bien y Agustín y Natalia pudieron disfrutar tres meses sin hospitales. Apostando a la vida, ellos pasaban noches enteras imaginando su futuro, pensando el nombre para sus hijos, con qué canción entrarían al casamiento, con cuál bailarían el vals y así pasaron horas haciéndose promesas de amor.

Vivían prácticamente juntos hasta que Agustín, noventa días después del trasplante, empezó con ataques de pánico. Ambos decidieron que lo mejor era que Natalia volviera unos días a La Rioja, pero a las horas de llegar Agustín dejó de responderle el teléfono.

Los mensajes sin respuesta se acumularon hasta que Natalia confirmó sus sospechas: Agustín estaba internado con pronóstico reservado. Pronto llegó la terapia intensiva y la voz de un médico confirmó que no había nada más por hacer. Esa noche Natalia recibió el último mensaje de texto: decía que la amaba y le deseaba buenas noches.

Natalia pudo despedirse y aunque ingresó a la habitación cuando Agustín ya estaba inconsciente, le dijo cuánto lo quería y le hizo una promesa: “Voy a hacer lo imposible para que todo el mundo conozca nuestra historia de amor”.