Estas elecciones son una experiencia incómoda para el Gobierno y la oposición. A unos los encuentra, por primera vez, en el lugar de la banca. Todavía se los ve perturbados con el manejo del poder que, desconfiados, concentran de tal modo que los que no participan de la mesa chica apenas pueden actuar sin autorización, retrasando movimientos y decisiones. A los otros, después de haber gobernando la Argentina desde 1989 casi en forma ininterrumpida, como punto. Carcomidos por la ira, no pueden disimular la furia que les produce que funcionarios sin recorrido político sean los dueños de decisiones que les competen en forma directa, desde la transferencia de fondos presupuestarios hasta el aterrizaje de las miles de obras que llegan a sus distritos, sin que ellos puedan acercar empresarios amigos. Ni qué decir de los operativos contra las redes de narcocriminalidad, de los que las policías locales ni se enteran.

Cuando asumió Cambiemos, los gobernadores peronistas buscaron acomodarse rápidamente a la nueva situación. Disfrutaron meses de libertad para pensar y opinar. Nadie los extorsionaba. Y hasta les entregaban carpetas con información transparente y clara, la misma para todos, de lo que recibía cada provincia. Cristina Kirchner ya no estaba en los pronósticos políticos y empezaron a reunirse sin tutelas, a la espera de que empiece a configurarse el escenario para elegir un candidato que compita con Mauricio Macri en el 2019. Pero la llegada de las elecciones de medio término los descolocó.

Nunca creyeron que Cristina se presentaría a elecciones, mucho menos abandonando el Partido Justicialista. Tampoco que su candidatura se consolidaría como favorita en las encuestas, relegando a los candidatos oficialistas al segundo término.

Aunque algo realmente no esperaban: que el Gobierno saliera a competir en serio, y en casi todo el país, para mejorar las posibilidades electorales de sus candidatos. Lo hizo en Tucumán y en Misiones. Lo hará en San Juan, en San Luis, en Santa Fe, en Entre Ríos, donde probablemente el Presidente mismo sea el que viaje, además de varios miembros del Gabinete. También en La Rioja, Catamarca, Chaco y Formosa, con la visita de gran cantidad de funcionarios. Algunas provincias recibirán, en las próximas dos semanas, cuatro ministros, además de Macri.

Los gobernadores peronistas están en el peor de los escenarios, cercados por el Gobierno, que no oculta su intención de ganarles la provincia en el 2019; y por Cristina, que podría ganar las elecciones en la provincia de Buenos Aires. Para colmo, quedaron expuestos en su respaldo al otrora poderoso Julio De Vido, una faena que hubieran querido evitar, y donde volvieron a marcar distancia tanto Sergio Massa como Diego Bossio. Además de Juan Manuel Urtubey, por supuesto. ¿Quién podrá ayudarlos?

Es el caso del gobernador de Tucumán, Juan Manzur, que tenía una excelente relación personal con Mauricio Macri pero, cuando las encuestas mostraron que había posibilidad de que el radical José Cano ganara las elecciones, empezó a agredirlo en términos personales. Llegó a decir "Macri no quiere a Tucumán ni a los tucumanos", argumento que contrasta con la inédita inversión que recibió la provincia en obras públicas y de hábitat en los barrios más humildes, además de las gestiones internacionales para la exportación de limón y arándanos.

Dicen que Macri no podía creer que fuera Manzur el autor de los improperios contra él y los escraches contra la vicepresidenta Gabriela Michetti, hasta que escuchó unos discursos aguerridos que lo llevaron a tomar la decisión de viajar a esa provincia, sin avisarle ni importarle lo que dijera. Tampoco la Policía de Tucumán fue informada de sus pasos y la custodia corrió por cuenta de la Casa Militar y la Gendarmería. Hasta ese punto se tensaron los ánimos.

En Misiones fue distinto. No es que no quiera ganar, pero considera que el gobernador Hugo Passalaqua, con quien también trabó un vínculo personal, no lo traicionó por la espalda. Hasta tuvo la deferencia de hacer gestiones sobre los diputados misioneros en la sesión donde se debatió la expulsión de De Vido. Hubiera preferido que votaran a favor, como los diputados de Urtubey, pero dadas las circunstancias, se conformó con que se ausentaran.

Como sea, ningún gobernador está tranquilo frente a la vocación de Cambiemos de competirles en su territorio. Lo mismo sucede con los intendentes del conurbano. Ni unos ni otros se imaginaron que el Presidente y la Gobernadora tenían vocación territorial y estas últimas semanas repitieron "hoy vienen por Julio, mañana vendrán por nosotros".

Por cierto, la provincia de Buenos Aires se transformó en la preocupación mayor para el Gobierno, que necesita ganar en las PASO aunque sea por un voto a la lista de Cristina, y para los gobernadores peronistas, que ven inevitable la candidatura de la ex presidente en el 2019 si triunfa en octubre. Hoy por hoy, ninguna encuesta da ganador a Esteban Bullrich. Y los estudios cuantitativos que se conocieron esta semana hablan de una tendencia sostenida a favor de CFK.

En el estudio que el viernes dio a conocer Query/Argentina, Unidad Ciudadana alcanzó 37.1%, Cambiemos 34.1%, 1Pais 14.1% y Cumplir 7.1%. Hace un mes, Unidad Ciudadana y Cambiemos estaban en una virtual paridad con 34.8% y 34.1%, respectivamente.

"De la paridad, parece pasarse a una tendencia sostenida a favor de Cristina Kirchner/Jorge Taiana contra las posibilidades de Esteban Bullrich/Gladys González, aunque seguimos dentro del margen de error", explicó Gustavo Marangoni, titular de la consultora. Y agregó: "Creo que (Sergio) Massa perdió electorado peronista a manos de CFK. Hay que ver si pierde en favor de Cambiemos, ahí está la clave".

Es evidente que el Gobierno salió a disputarle votos no peronistas a Massa/Margarita Stolbizer con Elisa Carrió en la provincia de Buenos Aires. A Cristina no, porque su electorado está blindado al mensaje de Cambiemos. El ex intendente de Tigre fue su aliado en el 2013, y casi lo es en el 2015, si no fuera porque los estrategas de Macri llegaron a la conclusión de que lastimaba la credibilidad del mensaje a favor de la nueva política.

En muchas cosas son parecidos. Massa/Margarita es una fórmula pensada bajo los mismos parámetros que la alianza Macri/Lilita. Unos y otros votaron la semana pasada por la expulsión de De Vido. Y aunque digan lo contrario, sus diagnósticos económicos tampoco difieren tanto.

Tienen, en cambio, enormes diferencias de historia y de estilo. No solo porque Massa y la mayoría de la gente que lo acompaña fueron destacados funcionarios K. También porque jamás se les ocurriría posicionar candidatos propios en comarcas peronistas.

Macri, por el contrario, avanza sobre cada espacio que considera tomado por "las mafias". Lo hace sin prisa y sin pausa, gradualmente. Dice que hay llevar el cambio a todos los rincones. Que no le tiene miedo a la dirigencia peronista tradicional, que no se lo tuvo nunca. Que lo mueve un impulso igualitario y modernizador. Por lo que se ve en las encuestas, hay quienes le creen, pero muchos otros todavía no le ven uñas de guitarrero.