La fiesta de la chaya rocía a La Rioja con su música ancestral

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La chaya es una festividad ancestral y popular anterior al Carnaval que trajeron los españoles. En América precolombina ya existían el ritmo y la fiesta entre los diaguitas quienes le dan origen a esta celebración. Nació en el corazón del indígena como la máxima expresión de triunfo en el rito fecundo de la recolección de los frutos, la algarroba madura, las mazorcas copiosas, el cardón florido, la torcaza arrullante, el amancay tímido, la albahaca fresca peinando de aroma los aires. La chaya tiene como finalidad agradecer a la pachamama por las cosechas y las bondades de la tierra.

La Rioja, pueblo fiestero y religioso, vibra y ríe en la chaya buscando reunir a su gente sin distinción de edad, condición social ni económica en una sola manifestación de algarabía y gratitud. Chaya es un vocablo quechua “cha´llay”, que significa rocío de agua, o rociar con agua. Es el símbolo de la eterna espera de la nube y la búsqueda ancestral del agua, elemento trascendental y de hondo sentir riojano. La Chaya es una celebración de gran jolgorio que se juega arrojándose agua y puñados de harina unos a otros, al grito de ¡chaya! ¡chaya!, y al ritmo del tum-tum de la caja chayera se oyen las coplas: “agua no hay pa´beberla/ pero sobra pa´chayar”, “el vino moja por dentro/ y el agua moja la piel”, mientras se enciende la alegría fiestera con tragos de chicha y aloja. Febrero, mes de vendimia y carnaval. El aire perfumado de albahaca se funde con el olor del mosto de uva,-producto de la vendimia que se abre paso al unísono con los festejos de la chaya. Todo riojano que se precie de “chayero” ostenta, colgado de la oreja o del ala del sombrero, un ramito de albahaca. Su aroma eleva el espíritu ebrio de vino y graciosas coplitas carnavaleras.

El momento cúlmine de la chaya llega con el Topamiento: las mujeres se ubican de un lado de la calle presididas por la Cuma y los hombres del otro presididos por el Cumpa, provistos con harina, agua y pinturas a la espera de la orden del cura brujo para avanzar. Luego de dos o tres intentos con retrocesos se produce el topamiento al grito de ¡Chayaaa! Una enorme nube de harina cubre el lugar y nubla el aire. La música continúa y la alegría es extrema. El público presente participa, no hay ricos ni pobres, sólo personas dispuestas a compartir, y muchos turistas atraídos por esta festividad. Finalmente ambos grupos, con las caras enharinadas y pintarrajeadas, rodean al Pujllay saltando y cantando la chaya, todos acollarados, hasta el momento de su entierro.

Esta celebración indígena inspiró una leyenda de amor. Chaya era la diosa de la lluvia y el rocío, una hermosa joven que estaba enamorada del príncipe Pujllay, voz cacana que significa “jugar, alegrarse”. Ante la imposibilidad de concretar su amor debido a la oposición de los viejos de la tribu, dolida de pena y desilusión, desapareció en la cumbre de la montaña y se convirtió en nube. Cada año regresa en forma de lluvia para alegrar la tierra y la tribu, y se posa como gotas de rocío sobre la flor del cardón.

La chaya riojana reconoce como principal protagonista al Pujllay, representado por un héroe ridículo, un muñeco de trapo desarticulado y andrajoso que, herido por el amor imposible con Chaya, se dedica a la borrachera hasta que finalmente muere quemado en el fogón de la fiesta. El Pujllay encarna la figura del riojano sufriente, amante de la vida y de la alegría, capaz de morir por amor o por un ideal, y que jamás aceptará la marginación o la mala cara del destino. Tragedia de tenor griego que hoy aparece al final del carnaval en la “quema y entierro del Pujllay”.